viernes, 25 de junio de 2010

La sociedad de carencias

Día por medio a eso de las siete de la mañana, en metro Tobalaba veo a dos hombres entre 50 y 60 años. Sentados uno al lado del otro camino al trabajo. en dirección San Pablo. Son de facciones similares, difíciles de encontrar en un país tan "moreno". Algo me dice que son hermanos. El mayor tiene ojos claros, tez blanca, siempre lee un libro de filosofía y usa un sombrero. El más joven es alto, con mentón delicado, nariz pronunciada y características similares a su compañero. Aferrado a su maletín, recorre con su mirada a los pasajeros del metro u otros días sólo mira sus zapatos.
Sin embargo, no se hablan en todo el camino. Ni siquiera una mirada. Como si una muralla los separara o el desprecio los alejara. Como si la monotonía los tuviera amenazados con dar el siguiente paso o más simple, porque no les interesa.
A ratos los miro de frente con la intención de presenciar un mínimo gesto, una simple palabra. Para mi desgracia, nada.

Triste, pero la realidad de muchos. Físicamente tan cerca pero sin punto de unión. Mientras el de la izquierda se derrumba, el de la derecha ya quiere bajarse en la próxima estación. Cuando uno ríe, el del lado osa a mirar de reojo a ver si algo le parece interesante. De no ser así, es más fácil ignorar. Retiro lo dicho, más que la realidad de muchos, es el reflejo de nuestra sociedad. Ahogados en relaciones humanas que parecen sólidas a simple vista, pero que al más mínimo desequilibrio se derrumban y se olvida. El olvido es el peor. Siempre lo he asociado a manos sucias que sin respeto tapan ojos y oídos de quien se acerque. Aún así son las que a todos nos mantienen caminando, sin ellas es más fácil perder una noche escribiendo en un blog. Sin ellas ya no son manos sucias, sino puñaladas. Esto es producto de una sociedad basada en lo mediático y simpático. Mediático por lo poco que dura, lo sensacionalista y lo banal. Simpático porque muchos creen que es una cualidad, sin embargo es únicamente un acompañante al plato de fondo., la falta de muchas otras virtudes. Un vicio de tantos que se llenan la boca hablando de respeto y unión, pero que en sus prioridades son los primeros en la lista. El reflejo de la actual sociedad de carencias. De honestidad, de fidelidad.

De todos modos la historia de estos personajes me parece más honesta que otras que he visto. Es cuando llega mi parte favorita. El metro se detiene en la estación Santa Lucía y el hombre alto, se despide de la mano con una subida de cejas que me afirma que, lamentablemente, somos parte del sistema.