lunes, 31 de octubre de 2011

El Monopoly de nuestra sociedad

Siempre pierdo y esta vez realmente quiero ganar. Quiero ser la propietaria de todas las casas que sean posibles, tener respeto y recibir dinero a como dé lugar. Quiero cuatro hoteles, seis casas y un montón de empresas. Mi cábala, el perro de plata, me hará dueña del último barrio, el más caro, el que se ubica al final del tablero. Las pocas ocasiones que por suerte gané en Monopoly, adoré su similitud con la vida real. Es indescriptible la pasión por el poder y sobre todo las miles de técnicas que existen para conseguir dinero e invertir. Sin embargo, la mayoría de las veces, me choca el culto a la propiedad privada, cuando el dinero se hace estrictamente necesario como fuente de oportunidades, herramienta para continuar en el juego.


Como siempre, esta vez elegiré el perro de plata. Me parece el más humano dentro de la variedad. Es noble, compañero, el mejor amigo del hombre, dicen. Sin embargo no es un quiltro, es un Scottish Terrier. De la misma raza que la “panelista” de un extinto matinal. El zapato es la conexión con el suelo y el sombrero con lo más alto del ser humano. Posiblemente encontraron una buena excusa para agregarle intrínsecamente elegancia y estatus. El jinete y su caballo con la hípica, pasatiempo originalmente asociado con la clase alta. Los aviones como el mejor invento para acortar el tiempo de los ricos, un bien no material valiosísimo en nuestra época. Y claro, todos simulando un elegante baño de plata. Ahora que lo pienso, son casi todos objetos fetiche en la actual sociedad de consumo.


Mi oportunidad aspiracional depende de un dado. Así es la vida. Tal como no elegí donde nacer, tampoco el número de partida. Por mucho que cruce los dedos o implore al cielo, así es el azar. Brutal. La estabilidad netamente económica (suerte para otros) está determinada por un Monopoly imaginario de nuestros ancestros. Algunos lo atribuyen sólo al esfuerzo, lo que indirectamente sin reconocerlo, justifica la supuesta flojera de los pobres. Teniendo en cuenta la opresión económica y la estricta movilidad social. Para mí es sólo suerte. Salió el cinco y caí en el barrio más barato con la posibilidad de comprar una casa por un par de pesos. Me acuerdo de mi nana. Lleva más de cuatro años ahorrando con su marido para ese departamento chiquitito con piezas individuales para los niños. Una terraza llena de plantas, con aromas que evoquen su pasado en los campos del sur chileno. Pensando en ella la compro, pues como me dijo: las propiedades son progreso. Es la materialización y recompensa más pura de tantos años cuidando hijos ajenos. El sueño norteamericano de la casa propia se ha instalado sin previa consulta en la mente de todo el bloque occidental: La cocina americana pintada de tonos blancos y metálicos, la chimenea que acompaña una noche de invierno y una familia aria sentada en sillones de cuero y el pavo relleno sobre la mesa del comedor como excusa para celebrar una ocasión de la que cada año olvidamos su significado. Aún así, son millones los que sueñan con esa maqueta inalcanzable. En casas de cartón de la periferia, tienen que preocuparse antes de otros problemas. Anhelan escapar de la miseria que los consume, de la violencia con la que conviven. Excepciones que el primer mundo no creó para Latinoamérica. Nuevamente todo cuestión de azar.


Ya en la segunda vuelta, uno de mis contrincantes cae en la cárcel. Me alegro de su desgracia. Mi “socialismo-capitalista” notaba su avasalladora ventaja y quería un juego igualitario para todos. Elige pagar al banco una cuantiosa suma antes que perder dos turnos. Maldito. Tal como ha ocurrido siempre, los ricos se pueden salvar de la justicia, comprar un pedazo de cielo y si la desdicha se los impide, tampoco están privados de comodidades. Tal como sucedió con la cárcel Capuchino durante décadas en Chile, los semidioses no confesados vivían en un hotel con ventanas de hierro que les impedía tener contacto con sus esclavos. Para ser sincera, yo también hubiese pagado. Antes que un 19 por ciento en impuestos, el peor castigo de nuestra sociedad actual es la privación de libertad.


Queda poco para llegar a la mitad del tablero y los billetes empiezan a escasear. Llego a duras penas al barrio de clase media emergente. Este último término (tal como países en vías de desarrollo en vez de subdesarrollados) resulta indispensable. El interminable terror de los que tienen mucho que perder y poco que ganar, pero que sin embargo mantienen viva su esperanza y absurda altura de miras. El término emergente nace para en un futuro, en este caso más lejano que cerca, volar hacia el norte.


Me veo en la obligación de pedir un préstamo al banco a cambio de un par de casas y empresas que conseguí en el camino. Recibo el dinero y me siento poderosa pero luego recuerdo que son sólo un par de papeles multicolores que en la vida real no me alcanzarían ni para comprarme un dulce. Así son los préstamos bancarios, la llave a una supuesta felicidad. El endeudamiento colectivo como muerte anunciada. La salida es plástica, necesariamente tangible para ser exhibida ante la mirada atónita del entorno. Lo invisible al ojo humano no tiene fundamentos en una sociedad que se alimenta de satisfacer el sentido del tacto. El auto nuevo del año, decenas de zapatos que leviten del suelo contaminado, ropa importada como negación al arraigo tercermundista, la casa propia, mía y de nadie más y un buen colegio que venda modales y herramientas de supervivencia en una selva de concreto, construyen al ciudadano mundano y cortoplacista. El carpe diem incorrectamente adaptado se apodera de sus mentes y la deuda se transforma en un abogado del diablo que si se tiene la osadía de ignorar, tendrá la facultad de quemar el tablero del juego frente a los ojos de los inadaptados, llevándose incluso al perro de plata.


Aún me queda plata del préstamo y el deseo de perdurar, o más bien de existir, me llama a la inversión. Instalo un hotel en el barrio medio, donde ya tenía dos casas. Una imagen irrisoria en medio de los esperanzados. Espero que la suerte me acompañe y más de un contrincante tenga la desgracia de caer en mi metro cuadrado. Dicho y hecho. Deben pagarme sólo en una pasada el 15 por ciento del total de su renta. El mayor germen actual, el lucro de los poderosos con los vulnerables, la satisfacción de vivir en base al trabajo de otros. La libertad que tanto nos prometieron, pero que en la letra chica no era más que una metáfora, una persuasión poderosísima. La mejor campaña publicitaria de todos los tiempos modernos. Sin embargo todas las revoluciones tienen consecuencias. La capitalista vende libertad a masas desposeídas. La felicidad es materializada y los indispensables perdedores quienes alimentan al sistema. Los ricos resultan victoriosos en su afán por vender estabilidad.


A costa de suerte, claro, llego por fin al barrio soñado. Vendo todo para instalar una casa que me permita asaltar el bolsillo de quien ose romper mi espacio, acercarse a mi propiedad privada. Una más de las contradicciones de la sociedad. El máximo terror del ladrón, ser asaltado. Los ricos protegen sus casas de marfil con cercos eléctricos, cámaras y perros bien alimentados de los flojos con deseos aspiracionales que no se esforzaron lo suficiente por concretarlos. A su vez, desde lo alto de la cordillera como una tarima indestructible, son quienes roban la libertad de sus esclavos, impiden el sueño de los endeudados pero en un curioso afán humanitario defienden la horizontalidad de los impuestos, porque todos somos iguales. El juego mirado desde acá me resulta simple. Uno de mis contrincantes tras cruzar mi barrio fue eliminado del juego, del sistema. En mi comodidad no siento ni una sola pizca de preocupación. Al contrario, le agradezco su torpeza; finalmente gracias a él estoy donde estoy. Su derrota me trajo jugosas ganancias aunque a ratos miro los billetes mal impresos con la cara del clásico señor de bigote. Esto es sólo un juego y me siento ilusa. Los problemas que arrastro día a día no me lo soluciona un montón de papeles, es más, ya no sé qué comprar. ¿Sentirán eso los ricos alguna vez? La desilusión de tener el mundo a sus pies, comprar toda clase de anestesias para un dolor interminable. Una vez vi un reportaje de una mujer millonaria que a pesar de todas sus comodidades, no podía comprar su mayor anhelo: la recuperación de su esposo muerto en un accidente.


Tener plata es difícil. Tanto que después de tanto perder esta vez no quiero ganar. De nada sirve un par de figuras rojas y azules ni un perro de plata. La indestructible máquina del consumo depende de todos. Cuando los pobres dejen de soñar con llegar a una enorme pared de concreto y la atmósfera de los ricos les impida seguir flotando, recién ahí el Monopoly como ejemplo del modelo aspiracional de nuestra sociedad romperá el tablero.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Bonus track: trabajo de medios digitales

Los cacerolazos se extienden a todo el país


Tal como hemos visto hace semanas, las movilizaciones se han expandido a distintos sectores de la sociedad y anoche una vez más fue el turno de los "cacerolazos", donde familias enteras manifestaron su apoyo a los estudiantes. La masividad en esta ocasión, se suma a la marcha convocada con la Confech el día de ayer que reunió a más de 150 mil manifestantes y que resultó con 396 detenidos.

En la Región Metropolitana, el "cacerolazo" más masivo se vivió en Plaza Ñuñoa, con cerca de 3 mil asistentes que se tomaron Irarrázaval en una especie de batucada y que horas más tarde fueron detenidos por carabineros. De igual manera, cerca de 40 personas se reunieron en la esquina de Vespucio con Vitacura, siendo escoltados por los insistentes bocinazos. Fue en Plaza Italia, donde unas 600 personas hicieron sonar sus cacerolas junto a la vocera de la Confech, Camila Vallejo.

Por su parte en regiones, en la Plaza Prat de Iquique se hizo sentir el descontento por el conflicto estudiantil. De igual manera en múltiples esquinas de Arica, La Serena y Valparaíso. La zona centro sur, específicamente en Concepción no se quedó atrás. Si bien no se registraron mayores incidentes, fueron decenas de personas las que coparon las esquinas de la ciudad haciendo sonar el metal de sus ollas, situación replicada en Valdivia, Temuco y Punta Arenas.