miércoles, 21 de julio de 2010

Miedo

La cabeza me retumbaba entre la gente y el olor a pintura ya me tenía mareada. En un mar de personas gritando en medio del carnaval, me escabullí hasta llegar al baño. Me enjuagué las manos teñidas de verde y me puse una polera blanca que había echado a mi morral el día anterior. Sin despedirme de nadie tomé la micro que me dejaba a una cuadra de su casa. Caminé rápido, nadie sabía donde estaba y por primera vez estaba atrasada a una cita nuestra. El conserje me miró con cara de pocos amigos como siempre, subí las escaleras con el típico olor a cebolla desde la puerta de su vecina y caminé por el largo pasillo con la ampolleta pestañeado hace semanas. Toqué el timbre, me bajé el escote y me eché el pelo para atrás como le gusta a él. Toqué el timbre esperando llegar a su cama y perdernos un rato hasta que mi celular no pare de sonar.

Pasaron veinte minutos, despegué la mirada del número 54 de su puerta y recogí el papel en que ofrecían un crédito bancario promocionado con un león. Me senté en el piso como hipnotizada a la foto. Qué fácil debe ser la vida del león. Fuerte, grande, imponente. Temido por todos y amado por nadie. De qué sirve seguir siendo buena si en todas partes hay un león que a paso firme es capaz de arrasar con quien se le cruce. De qué sirve buscar el amor si al final el miedo es el que mueve a las personas y el león es un amateur. Yo no soy nisiquiera una aprendiz.

Habían pasado una hora y con la cobardía que siempre me ha caracterizado y un impulso incontrolable corrí por el pasillo hacia la ventana. Miré hacia abajo y desde el quinto piso los autos me incentivaban a desaparecer para probar si en otra vida tendría posibilidades de ser un león. Me saqué los zapatos, levanté la pierna derecha para apoyarla en la baranda y subir la otra. Ya sentada, cerré los ojos llenos de lágrimas negras por el abundante maquillaje. Los tacos de una mujer subiendo la escalera me paralizaron. Tiritando me aferré a la ventana esperando que se fuera. Preferí bajarme para evitar algún reproche. Cada vez el sonido era más fuerte. Las risas y los besos también hasta que los vi. Era él con una perra vestida de negro, el pelo largo y liso. Tenía cara de leona. Él intentó abrazarme y excusarse de inmediato, pero la ira fue más fuerte. Su cara empezó a alejarse, mis dedos se durmieron y con la vista nublada me quedé pegada mirando los tacones prostituta que ella llevaba. Sentí mi cabeza rebotar en el suelo y sólo desaparecí. Espero que ahora si me toque ser leona.

viernes, 25 de junio de 2010

La sociedad de carencias

Día por medio a eso de las siete de la mañana, en metro Tobalaba veo a dos hombres entre 50 y 60 años. Sentados uno al lado del otro camino al trabajo. en dirección San Pablo. Son de facciones similares, difíciles de encontrar en un país tan "moreno". Algo me dice que son hermanos. El mayor tiene ojos claros, tez blanca, siempre lee un libro de filosofía y usa un sombrero. El más joven es alto, con mentón delicado, nariz pronunciada y características similares a su compañero. Aferrado a su maletín, recorre con su mirada a los pasajeros del metro u otros días sólo mira sus zapatos.
Sin embargo, no se hablan en todo el camino. Ni siquiera una mirada. Como si una muralla los separara o el desprecio los alejara. Como si la monotonía los tuviera amenazados con dar el siguiente paso o más simple, porque no les interesa.
A ratos los miro de frente con la intención de presenciar un mínimo gesto, una simple palabra. Para mi desgracia, nada.

Triste, pero la realidad de muchos. Físicamente tan cerca pero sin punto de unión. Mientras el de la izquierda se derrumba, el de la derecha ya quiere bajarse en la próxima estación. Cuando uno ríe, el del lado osa a mirar de reojo a ver si algo le parece interesante. De no ser así, es más fácil ignorar. Retiro lo dicho, más que la realidad de muchos, es el reflejo de nuestra sociedad. Ahogados en relaciones humanas que parecen sólidas a simple vista, pero que al más mínimo desequilibrio se derrumban y se olvida. El olvido es el peor. Siempre lo he asociado a manos sucias que sin respeto tapan ojos y oídos de quien se acerque. Aún así son las que a todos nos mantienen caminando, sin ellas es más fácil perder una noche escribiendo en un blog. Sin ellas ya no son manos sucias, sino puñaladas. Esto es producto de una sociedad basada en lo mediático y simpático. Mediático por lo poco que dura, lo sensacionalista y lo banal. Simpático porque muchos creen que es una cualidad, sin embargo es únicamente un acompañante al plato de fondo., la falta de muchas otras virtudes. Un vicio de tantos que se llenan la boca hablando de respeto y unión, pero que en sus prioridades son los primeros en la lista. El reflejo de la actual sociedad de carencias. De honestidad, de fidelidad.

De todos modos la historia de estos personajes me parece más honesta que otras que he visto. Es cuando llega mi parte favorita. El metro se detiene en la estación Santa Lucía y el hombre alto, se despide de la mano con una subida de cejas que me afirma que, lamentablemente, somos parte del sistema.