La cabeza me retumbaba entre la gente y el olor a pintura ya me tenía mareada. En un mar de personas gritando en medio del carnaval, me escabullí hasta llegar al baño. Me enjuagué las manos teñidas de verde y me puse una polera blanca que había echado a mi morral el día anterior. Sin despedirme de nadie tomé la micro que me dejaba a una cuadra de su casa. Caminé rápido, nadie sabía donde estaba y por primera vez estaba atrasada a una cita nuestra. El conserje me miró con cara de pocos amigos como siempre, subí las escaleras con el típico olor a cebolla desde la puerta de su vecina y caminé por el largo pasillo con la ampolleta pestañeado hace semanas. Toqué el timbre, me bajé el escote y me eché el pelo para atrás como le gusta a él. Toqué el timbre esperando llegar a su cama y perdernos un rato hasta que mi celular no pare de sonar.
Pasaron veinte minutos, despegué la mirada del número 54 de su puerta y recogí el papel en que ofrecían un crédito bancario promocionado con un león. Me senté en el piso como hipnotizada a la foto. Qué fácil debe ser la vida del león. Fuerte, grande, imponente. Temido por todos y amado por nadie. De qué sirve seguir siendo buena si en todas partes hay un león que a paso firme es capaz de arrasar con quien se le cruce. De qué sirve buscar el amor si al final el miedo es el que mueve a las personas y el león es un amateur. Yo no soy nisiquiera una aprendiz.
Habían pasado una hora y con la cobardía que siempre me ha caracterizado y un impulso incontrolable corrí por el pasillo hacia la ventana. Miré hacia abajo y desde el quinto piso los autos me incentivaban a desaparecer para probar si en otra vida tendría posibilidades de ser un león. Me saqué los zapatos, levanté la pierna derecha para apoyarla en la baranda y subir la otra. Ya sentada, cerré los ojos llenos de lágrimas negras por el abundante maquillaje. Los tacos de una mujer subiendo la escalera me paralizaron. Tiritando me aferré a la ventana esperando que se fuera. Preferí bajarme para evitar algún reproche. Cada vez el sonido era más fuerte. Las risas y los besos también hasta que los vi. Era él con una perra vestida de negro, el pelo largo y liso. Tenía cara de leona. Él intentó abrazarme y excusarse de inmediato, pero la ira fue más fuerte. Su cara empezó a alejarse, mis dedos se durmieron y con la vista nublada me quedé pegada mirando los tacones prostituta que ella llevaba. Sentí mi cabeza rebotar en el suelo y sólo desaparecí. Espero que ahora si me toque ser leona.
Pasaron veinte minutos, despegué la mirada del número 54 de su puerta y recogí el papel en que ofrecían un crédito bancario promocionado con un león. Me senté en el piso como hipnotizada a la foto. Qué fácil debe ser la vida del león. Fuerte, grande, imponente. Temido por todos y amado por nadie. De qué sirve seguir siendo buena si en todas partes hay un león que a paso firme es capaz de arrasar con quien se le cruce. De qué sirve buscar el amor si al final el miedo es el que mueve a las personas y el león es un amateur. Yo no soy nisiquiera una aprendiz.
Habían pasado una hora y con la cobardía que siempre me ha caracterizado y un impulso incontrolable corrí por el pasillo hacia la ventana. Miré hacia abajo y desde el quinto piso los autos me incentivaban a desaparecer para probar si en otra vida tendría posibilidades de ser un león. Me saqué los zapatos, levanté la pierna derecha para apoyarla en la baranda y subir la otra. Ya sentada, cerré los ojos llenos de lágrimas negras por el abundante maquillaje. Los tacos de una mujer subiendo la escalera me paralizaron. Tiritando me aferré a la ventana esperando que se fuera. Preferí bajarme para evitar algún reproche. Cada vez el sonido era más fuerte. Las risas y los besos también hasta que los vi. Era él con una perra vestida de negro, el pelo largo y liso. Tenía cara de leona. Él intentó abrazarme y excusarse de inmediato, pero la ira fue más fuerte. Su cara empezó a alejarse, mis dedos se durmieron y con la vista nublada me quedé pegada mirando los tacones prostituta que ella llevaba. Sentí mi cabeza rebotar en el suelo y sólo desaparecí. Espero que ahora si me toque ser leona.
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