miércoles, 11 de agosto de 2010

Benito

Fuiste un regalo que llegó esa tarde de otoño para no desaparecer jamás. Fue tu nariz mojada junto a la mía o tus ojos negros los que rápidamente me conquistaron y te transformaron en mi tesoro. Bastaron tardes enteras acostados viendo fútbol ambos vestidos de azul para que quisiera que no te fueras nunca de mi vida. Alomejor tus siestas en mi vientre lograron que cada vez que te recuerdo mis ojos se humedezcan.

Tu baja estatura, tus pies suaves con la planta rosada, tus ojos tapados con el pelo teñido, y tu aliento de león fueron tu mejor descripción. Amigable, fuerte e idealista. Perseverante, cariñoso fueron tus mejores cualidades. Ese niño inquieto que no se apaga jamás.

Lentamente sin preeverlo, tu cuerpo quedó diminuto frente a tu grandeza. Hay veces en que la naturaleza se equivoca y nunca pudiste expresar tu coraje. Merecías piernas largas para correr sin que nadie te pusiera límites, te faltaron manos para acariciar y boca para hablar. Porque con tal energía no hay carcasa que de a basto.

Partiste de este mundo creyendo ser un niño. ¿Pero cuál es el problema? Para mí fuiste mucho más que eso; mi estrella, mi luz y mi hermano. Hasta siempre Benito. Espero que estés en otra vida sacándole sonrisas a alguien que lo necesite. Ya cumpliste tu misión, lograste ser el perro que nadie jamás olvidará.

No hay comentarios:

Publicar un comentario